Elegir un socio no consiste solamente en encontrar a alguien que tenga dinero, contactos o una habilidad que hace falta. También significa escoger a la persona con la que vas a compartir decisiones difíciles, meses de incertidumbre, discusiones sobre dinero, errores, presión y momentos en los que ninguno tendrá una respuesta clara. Una sociedad puede comenzar con una buena idea y mucho entusiasmo; lo que determina si puede durar aparece después, cuando el negocio exige escoger entre caminos que afectan de manera distinta a cada uno.
Dos personas pueden crear una empresa porque una conoce el mercado y la otra puede construir el producto. Durante los primeros meses es fácil sentir que están completamente alineadas: todavía no hay mucho dinero que repartir, empleados que dirigir ni clientes grandes capaces de cambiar las prioridades. Cuando la organización comienza a crecer aparecen preguntas más complejas: cuánto reinvertir, cuánto riesgo asumir, quién debe dirigir, cuánto tiempo aportará cada uno y qué ocurrirá si alguien quiere avanzar más rápido que el otro.
Tener habilidades complementarias es importante y no es suficiente por sí solo. Dos personas pueden necesitarse profesionalmente y tener formas incompatibles de manejar la presión, cumplir acuerdos o resolver desacuerdos. No hace falta que piensen igual sobre todo, pero sí que compartan ciertos valores básicos y una manera confiable de decidir cuando no están de acuerdo. La diferencia de opiniones puede enriquecer una empresa; la falta de confianza termina convirtiendo cada decisión en una pelea por control.
Antes de formalizar una sociedad conviene trabajar juntos en algo real y observar cómo responde cada persona cuando se equivoca, cuando un cliente presiona, cuando falta dinero o cuando debe cumplir una tarea que no disfruta. También conviene hablar sin rodeos sobre los temas que normalmente se dejan para después: los roles, el tiempo que aportará cada uno, la propiedad de lo construido, la forma de recibir ingresos y lo que sucederá si alguno quiere retirarse. Los acuerdos difíciles resultan mucho más sencillos cuando todavía existe entusiasmo que cuando ya hay cansancio, dinero y resentimiento de por medio.
El socio adecuado no es necesariamente quien promete acompañarte para siempre. Es quien demuestra que puede construir contigo sin esconder los problemas, defender su punto de vista sin destruir la relación y aceptar que, con el tiempo, los cargos, los aportes y las necesidades de la empresa pueden cambiar. La pregunta no debería ser únicamente si esa persona sirve para comenzar el negocio, sino si todavía confiarías en su forma de decidir cuando hayan pasado varios años y las cosas sean mucho más difíciles de lo que hoy pueden imaginar.
Pregunta para conversar:
¿Qué conversación incómoda deberías tener antes de convertir a alguien en socio?



