Tener una parte de una empresa y estar preparado para dirigirla son cosas distintas, porque ser accionista significa participar en su propiedad, en sus beneficios y en ciertas decisiones importantes, mientras administrar exige organizar personas, cuidar el dinero, resolver problemas, definir prioridades y responder por los resultados, de modo que alguien puede haber tenido la idea original, haber asumido el riesgo inicial e incluso poseer la mayoría de las acciones, sin que eso lo convierta automáticamente en la mejor persona para dirigir la siguiente etapa.

Pensemos en una empresa creada por dos socios que durante los primeros años hicieron prácticamente todo, uno consiguió clientes y desarrolló el producto, mientras el otro organizó pagos, proveedores y operación, y ese sistema pudo funcionar cuando eran pocas personas, aunque al crecer comenzaron a aprobar juntos cada contratación, cada gasto y cada cambio importante, por lo que la compañía se volvió más lenta, las responsabilidades dejaron de estar claras y cualquier desacuerdo entre los dueños terminó afectando el trabajo de todo el equipo.

El problema aparece cuando la propiedad se confunde con el cargo, porque una persona puede pensar que tener más acciones le da derecho a decidir sobre cualquier asunto diario, aunque los cargos deberían asignarse según la capacidad, el tiempo disponible y la responsabilidad que cada uno está dispuesto a asumir, de manera que un fundador podría ser un gran líder de producto, un excelente miembro de junta o un accionista valioso sin tener que ocupar la gerencia, del mismo modo que contratar a una persona con más experiencia para administrar no significa entregarle la empresa ni perder el control sobre ella.

Es normal que los socios sientan temor al profesionalizar la administración, porque alguien externo puede no comprender la historia, la cultura o la visión que dio origen al negocio, aunque la respuesta no debería ser conservar todas las decisiones en manos de los propietarios, sino definir con claridad qué puede decidir la gerencia, qué asuntos requieren aprobación de los socios, qué resultados deben reportarse y qué límites no pueden cruzarse, ya que un buen gobierno permite que la empresa tenga dirección profesional sin convertir al administrador en dueño ni a los dueños en supervisores de cada tarea.

Durante los primeros años es común que la misma persona sea fundadora, accionista, gerente, vendedora y operadora, aunque a medida que la organización crece esas funciones necesitan separarse, no porque los fundadores hayan dejado de ser importantes, sino porque llevar una empresa de sus primeros pasos a una operación más grande exige habilidades diferentes, por eso una sociedad madura no pregunta quién posee más acciones para decidir quién debe dirigir, sino quién está mejor preparado para conducir la etapa que viene, incluso cuando la respuesta no sea la persona que inició el negocio.


Pregunta para conversar:
¿En qué momento debería una empresa separar la propiedad de la administración?