Antes de tomar una decisión importante solemos imaginar que existe un momento en el que finalmente nos sentiremos preparados: cuando tengamos suficiente experiencia, dinero, conocimiento o seguridad para dar el siguiente paso sin sentir que estamos saltando al vacío. Muchas veces ese momento nunca llega. Parte de aquello que necesitamos para sentirnos capaces solo puede aprenderse después de haber empezado. Esperar a tener todas las respuestas puede parecer prudencia mientras lentamente se convierte en una manera muy sofisticada de permanecer exactamente donde estamos.

Alguien que quiere emprender puede pasar años preparándose, estudiar el mercado, ahorrar dinero, conversar con personas que ya lo hicieron y construir diferentes escenarios antes de tomar la decisión. Todo eso reduce riesgos. Ninguna preparación podrá enseñarle exactamente cómo reaccionará cuando pierda su primer cliente, cuando una propuesta que parecía segura sea rechazada o cuando tenga que decidir entre dos caminos sin información suficiente. Algunas capacidades no se estudian antes del problema; se construyen atravesándolo, igual que nadie aprende completamente a nadar observando durante años cómo otros entran al agua.

Prepararse y exigir certeza son cosas distintas. Prepararse significa entender los riesgos, mejorar nuestras capacidades y evitar errores que podemos anticipar. Exigir certeza significa esperar que toda esa preparación elimine la posibilidad de equivocarnos, algo que ninguna cantidad de análisis puede garantizar. Dar un salto no debería significar cerrar los ojos ni apostar todo de manera irresponsable. Puede significar ahorrar antes de cambiar de trabajo, probar una idea antes de invertir demasiado o construir una alternativa antes de abandonar lo conocido. Llega un punto en el que seguir preparando el movimiento aporta menos que finalmente hacerlo.

Existe además un problema más profundo cuando intentamos decidir si seremos capaces de enfrentar nuestro futuro: lo hacemos utilizando únicamente las capacidades de la persona que somos hoy. Precisamente las experiencias que todavía no hemos vivido desarrollarán buena parte de aquello que mañana necesitaremos. La persona que dirige una empresa después de cinco años no es la misma que un día se preguntó si tendría capacidad para fundarla. Tampoco somos exactamente la misma persona después de atravesar una pérdida, cambiar de ciudad, asumir un liderazgo o exponernos por primera vez a algo que nos daba miedo. Algunas decisiones parecen imposibles porque estamos intentando resolverlas con una versión de nosotros que todavía no ha tenido oportunidad de crecer.

La confianza puede no consistir en saber que todo va a salir bien, sino en acumular suficientes experiencias para descubrir que podemos responder incluso cuando las cosas no salen como esperábamos. Después de cada problema resuelto dejamos de necesitar que el futuro sea completamente predecible y empezamos a confiar un poco más en nuestra capacidad para movernos dentro de él. Quizá nunca llegue esa señal definitiva que estamos esperando para dar el siguiente paso, y tal vez tampoco sea necesaria. La pregunta más importante puede ser otra: ¿cuánto de aquello para lo que todavía creemos no estar preparados solo podremos aprender después de atrevernos a empezar?