Emprender exige aprender a vivir con incertidumbre, porque nunca existe una garantía completa de que los clientes seguirán comprando, de que los proyectos saldrán como se esperaba o de que una empresa podrá mantener durante años el mismo nivel de producción, aunque aceptar esa incertidumbre no significa resignarse a vivir siempre al borde del colapso, ya que una cosa es no poder controlar todo lo que ocurrirá y otra muy distinta permitir que un solo problema tenga la capacidad de destruir todo lo construido.
Manuela Villegas, fundadora de Sí Señor Agencia, ha contado públicamente casos en los que un cliente dejó una deuda importante por pauta, después de que la agencia hubiera asumido parte del riesgo financiero de la operación, una situación que muestra cómo un cliente reconocido puede parecer una gran oportunidad y convertirse después en una amenaza para la continuidad del negocio, no necesariamente porque el trabajo se haya realizado mal, sino porque la empresa terminó cargando también con un riesgo que pertenecía al cliente.
Aquí aparece una diferencia importante: la resiliencia sirve para responder después de que ocurre el golpe, mientras la gestión del riesgo intenta limitar el daño antes de que ocurra, por eso una empresa puede prepararse exigiendo anticipos, evitando financiar gastos de terceros, estableciendo un máximo de exposición por cliente, deteniendo el servicio cuando existen facturas vencidas y preguntándose qué sucedería si un pago esperado no llegara durante treinta, sesenta o noventa días, no porque esas medidas eliminen todos los peligros, sino porque impiden que una sola deuda pueda llevarse por delante la caja, la nómina y años enteros de trabajo.
Aun tomando todas estas precauciones seguirán ocurriendo situaciones imposibles de anticipar, porque dirigir una empresa significa mantener un pie en el futuro mientras el presente todavía está lleno de preguntas, aunque la resiliencia no debería consistir en acostumbrarse al miedo ni en soportar cada vez riesgos más grandes para demostrar fortaleza, sino en conservar suficiente calma para distinguir qué puede resolverse hoy, qué debe cambiar para no repetir el problema y qué parte de la situación ya no depende de nosotros.
Esta capacidad también sirve fuera del emprendimiento, porque cuando aparece una deuda, se pierde un empleo o el futuro se vuelve incierto, la mente puede hacernos sentir derrotados antes de conocer el desenlace, aunque confiar no significa creer que nada malo ocurrirá, significa saber que podremos responder con las herramientas que tenemos y construir otras mientras avanzamos, por eso la resiliencia ayuda a levantarse después del golpe, mientras la gestión del riesgo evita que un solo golpe pueda destruirlo todo.
Pregunta para conversar: ¿Qué riesgo estás soportando hoy con resiliencia, pero deberías empezar a gestionar antes de que se convierta en crisis?



