La resiliencia suele presentarse como la capacidad de seguir adelante cuando las cosas se ponen difíciles, y esa idea tiene mucho valor porque casi ningún proyecto importante funciona al primer intento. Existe, sin embargo, una línea difícil de ver entre perseverar y continuar haciendo lo mismo solo porque aceptar otra dirección se siente como una derrota. Insistir no siempre demuestra fortaleza; a veces muestra que nos enamoramos tanto del camino elegido que dejamos de observar lo que la realidad está tratando de decirnos.

Una persona lanza un producto y no obtiene la respuesta que esperaba. Durante los primeros meses puede ser correcto seguir trabajando, hablar con clientes, mejorar la propuesta y darle tiempo al mercado para entenderla. Si después de varios intentos las personas siguen sin usarlo, no regresan o no consideran que resuelva un problema importante, continuar agregando funciones y dinero sin revisar la idea principal puede dejar de ser resiliencia y convertirse en terquedad. El esfuerzo aumenta mientras el aprendizaje permanece exactamente en el mismo lugar.

La diferencia está en aquello que estamos dispuestos a cambiar. Una persona resiliente puede conservar el objetivo y modificar el camino; una persona terca protege el camino incluso cuando ya no la acerca al objetivo. Conviene preguntarse si estamos defendiendo el resultado que queremos alcanzar o la necesidad de demostrar que nuestra primera decisión era correcta. Muchas veces seguimos insistiendo por el dinero invertido, el tiempo dedicado, el miedo a empezar de nuevo o la incomodidad de reconocer que alguien más había visto algo que nosotros no quisimos escuchar.

Abandonar cada vez que aparecen dificultades tampoco sería resiliencia. Los resultados importantes necesitan tiempo, repetición y momentos en los que todavía no existe evidencia suficiente para saber si algo funcionará. Esa paciencia resulta más sana cuando desde el comienzo se definen señales que permitan aprender: el tiempo que estamos dispuestos a probar, los recursos que podemos invertir, los cambios que esperamos observar y las condiciones que nos obligarían a revisar la dirección. No se trata de convertir cada decisión en una fórmula fría, sino de evitar que el entusiasmo o el orgullo sean los únicos argumentos para continuar.

A veces el acto valiente consiste en resistir un poco más y otras veces en aceptar que la ruta debe cambiar. Dejar una idea no siempre significa rendirse y continuar tampoco significa avanzar. La verdadera resiliencia no debería medirse por cuánto dolor somos capaces de soportar, sino por nuestra capacidad para seguir buscando el objetivo sin quedar atados a una única forma de alcanzarlo. Cuando repetimos la misma acción y obtenemos una y otra vez el mismo resultado, el obstáculo puede haber dejado de ser una prueba de carácter para convertirse en una señal de redirección.


Pregunta para conversar:
¿Qué señal estás ignorando porque todavía quieres demostrar que el camino inicial era correcto?