Nos han repetido tantas veces que “hecho es mejor que perfecto” que empezamos a tratar la perfección como si fuera un defecto, algo que necesariamente retrasa, desgasta y evita avanzar. Quizá estamos confundiendo dos cosas distintas. Una cosa es necesitar que todo sea perfecto antes de mostrarlo y otra muy diferente es utilizar la perfección como dirección, sabiendo que probablemente nunca llegaremos exactamente hasta aquello que imaginamos. Apuntar más alto puede llevarnos mucho más lejos que comenzar preguntándonos cuál es el mínimo necesario para cumplir.
Dos personas reciben exactamente la misma tarea. La primera termina cuando confirma que funciona, que cumple los requisitos y que probablemente nadie encontrará una razón seria para devolverla. La segunda también llega hasta ese punto, pero se queda un momento más preguntándose qué sobra, qué podría entenderse mejor, qué detalle todavía parece improvisado y qué tendría que cambiar para que aquello se sintiera realmente bien hecho. Quizá ninguna produzca algo perfecto. Después de repetir esta diferencia durante meses o años, es muy probable que una haya desarrollado un nivel de criterio que la otra nunca necesitó construir.
Perfección y perfeccionismo no son lo mismo. El perfeccionismo puede impedir terminar, hacer que una persona cambie indefinidamente algo que ya cumple su objetivo o convertir cualquier imperfección en una razón para no exponerse. Apuntar a la perfección acepta que habrá que entregar, equivocarse y aprender. Al mismo tiempo, se niega a utilizar esas limitaciones como permiso para trabajar siempre en el nivel más cómodo. La pregunta no es si podemos mejorar eternamente una tarea, sino si antes de cerrarla fuimos capaces de reconocer aquello que todavía sabíamos que podía hacerse mejor.
Existen momentos en los que entregar algo suficientemente bueno es exactamente la decisión correcta. Un prototipo necesita salir para aprender, una hipótesis necesita ponerse a prueba y una emergencia no permite discutir durante semanas el detalle perfecto. El problema comienza cuando una herramienta para avanzar se convierte en una filosofía permanente y empezamos a llamar MVP a productos que nunca maduran, agilidad a no revisar, velocidad a entregar mal y pragmatismo a acostumbrarnos a estándares cada vez más bajos. Aquello que repetimos también termina entrenando nuestra capacidad para verlo.
La mayor utilidad de apuntar a la perfección puede estar precisamente en que transforma a quien intenta alcanzarla. Una persona que durante años se pregunta únicamente si algo ya cumple aprende a cumplir. Quien se pregunta constantemente cómo podría hacerlo extraordinario desarrolla sensibilidad para distinguir detalles, criterio para tomar mejores decisiones y una incomodidad sana frente a aquello que todavía puede mejorar. Quizá nunca lleguemos a la altura exacta de lo que imaginamos y probablemente eso esté bien. La perfección puede no servir como destino, pero sí como una estrella hacia la cual caminar. La pregunta entonces es qué tan lejos habríamos llegado si desde el principio nuestro único objetivo hubiera sido simplemente terminar.



